“Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.”1 Corintios 2:16, RVR1960

Hablar de teología puede producir reacciones muy distintas. Para algunos, la palabra inmediatamente hace pensar en libros extensos, conceptos difíciles, seminarios o discusiones reservadas para especialistas. Para otros, la teología incluso parece innecesaria: “Yo no necesito estudiar teología; solamente necesito tener fe”. Sin embargo, esa separación entre fe y conocimiento no corresponde a la manera en que la Biblia presenta la vida cristiana.

La fe cristiana no nos llama a creer sin comprender, pero tampoco nos invita a comprender para luego decidir si creeremos. La fe recibe lo que Dios ha revelado y, precisamente porque confía en Él, desea conocerlo cada vez mejor. Por eso podemos decir que la teología cristiana es una fe que busca entendimiento, iluminada por el Espíritu Santo, para recibir y obedecer las verdades de la Escritura.

Esta realidad aparece de manera extraordinaria al final de 1 Corintios 2, cuando Pablo afirma: “Mas nosotros tenemos la mente de Cristo”.

¿Qué significa tener la mente de Cristo?

La expresión puede sonar sorprendente. Evidentemente Pablo no está diciendo que el creyente llegue a saber todo lo que Dios sabe. Tampoco significa que cada pensamiento que tengamos provenga automáticamente de Cristo o que ya no podamos equivocarnos. El contexto muestra algo diferente y mucho más profundo.

En 1 Corintios 2, Pablo está contrastando dos maneras de enfrentar la verdad de Dios. Por un lado está el hombre natural, que intenta comprender las cosas de Dios únicamente desde sus propias capacidades, criterios y sabiduría. Pablo dice que este hombre “no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:14). El problema no es simplemente intelectual. Es espiritual. El corazón humano, afectado por el pecado, no recibe naturalmente la verdad de Dios como debería.

Por otro lado está aquel a quien el Espíritu Santo ha abierto los ojos para recibir lo que Dios ha revelado. Por eso Pablo puede afirmar que los creyentes tienen “la mente de Cristo”. No significa que inventemos una nueva verdad, sino que ahora podemos recibir, comprender y valorar la verdad que procede de Dios.

La vida cristiana, por tanto, implica aprender a pensar cada vez más de acuerdo con Cristo.

El Espíritu Santo no reemplaza la Escritura: nos ayuda a recibirla

Aquí existe una distinción importante. Algunas personas hablan de la obra del Espíritu Santo como si estudiar cuidadosamente la Biblia fuera innecesario. Se piensa que basta con sentir, experimentar o esperar alguna impresión interior. Pero el Espíritu que inspiró la Escritura no trabaja en contra de la Escritura.

El mismo Espíritu Santo que reveló la verdad de Dios es quien abre nuestro entendimiento para recibirla.

Esto significa que la iluminación del Espíritu no consiste principalmente en entregarnos significados secretos que nadie más puede encontrar en el texto bíblico. Consiste en capacitarnos espiritualmente para reconocer como verdadera, gloriosa y digna de obediencia la Palabra que Dios ya ha dado.

Por eso el cristiano estudia.

Lee.

Pregunta.

Compara pasajes.

Busca comprender el contexto.

Corrige sus ideas.

Pero hace todo aquello dependiendo del Espíritu Santo.

No estudiamos la Biblia solamente como quien analiza un documento antiguo. Nos acercamos reconociendo que delante de nosotros está la Palabra de Dios y que necesitamos que Él transforme nuestra comprensión, nuestros afectos y nuestra voluntad.

La teología comienza escuchando a Dios

Toda persona tiene una teología, aunque nunca haya abierto un libro de teología sistemática. Todos pensamos algo acerca de Dios, del ser humano, del pecado, del bien, del mal, del sufrimiento, de la salvación y de la eternidad.

La verdadera pregunta no es si tendremos teología.

La pregunta es: ¿de dónde viene nuestra teología?

Puede provenir de nuestra cultura, de experiencias personales, de tradiciones familiares, de publicaciones en redes sociales, de predicadores, de opiniones populares o incluso de nuestras propias emociones. Pero ninguna de esas cosas posee autoridad para definir quién es Dios.

La teología cristiana comienza cuando dejamos de preguntarnos primero “¿qué pienso yo acerca de Dios?” y comenzamos a preguntar: “¿Qué ha dicho Dios acerca de sí mismo?”

Por eso la Escritura debe ocupar el lugar central.

Tener la mente de Cristo significa que nuestra manera de pensar comienza a ser corregida por la revelación de Cristo. Ya no exigimos que la Biblia se adapte a nuestras ideas; permitimos que nuestras ideas sean examinadas y transformadas por la Biblia.

Y ese proceso puede resultar incómodo.

La Escritura confrontará nuestra visión del éxito, del dinero, de la sexualidad, del matrimonio, del perdón, del sufrimiento, de la justicia, del pecado, de nosotros mismos y, sobre todo, de Dios.

La pregunta entonces será: cuando mi pensamiento entra en conflicto con la Palabra de Dios, ¿quién debe cambiar?

La respuesta del discípulo es clara: nosotros.

Comprender para obedecer

Existe también otro peligro: estudiar mucho y obedecer poco.

Una persona puede aprender términos teológicos, conocer diferentes doctrinas, identificar errores históricos, leer grandes autores y participar en largas conversaciones bíblicas, y aun así permanecer orgullosa, impaciente, fría y poco obediente.

Eso no corresponde al propósito de la teología cristiana.

La verdad bíblica nunca fue entregada solamente para llenar nuestra mente. Dios revela quién es para que le conozcamos, le adoremos y vivamos delante de Él.

Si estudiamos la santidad de Dios, eso debería producir reverencia.

Si estudiamos su soberanía, debería crecer nuestra confianza.

Si comprendemos mejor la gravedad del pecado, debería profundizarse nuestro arrepentimiento.

Si contemplamos la gracia de Dios en Cristo, debería aumentar nuestra gratitud.

Si estudiamos la cruz, debería morir nuestro orgullo.

Si comprendemos la resurrección, debería crecer nuestra esperanza.

Y si confesamos que Cristo es Señor, esa confesión necesariamente debe alcanzar nuestras decisiones.

La buena teología termina produciendo adoración y obediencia.

Una mente que está siendo renovada

Cuando Pablo declara que “tenemos la mente de Cristo”, nos recuerda también que el cristianismo transforma nuestra manera de mirar la realidad.

Comenzamos a aprender que no somos el centro de la historia.

Dios lo es.

Descubrimos que nuestra mayor necesidad no es simplemente mejorar nuestras circunstancias, sino ser reconciliados con nuestro Creador.

Comprendemos que Cristo no vino simplemente para ayudarnos a alcanzar nuestros proyectos personales, sino para salvar pecadores y formar un pueblo para su gloria.

Aprendemos que la grandeza no está en ser servido, sino en servir; que la vida no se encuentra protegiendo desesperadamente nuestro propio reino, sino siguiendo al Rey; que el sufrimiento no significa necesariamente que Dios nos haya abandonado; y que nuestra esperanza final no está en este mundo, sino en la consumación del reino de Cristo.

Poco a poco aprendemos a mirar la realidad desde otra perspectiva.

Eso es parte de tener la mente de Cristo.

Fe que quiere conocer más

El verdadero estudio teológico comienza con humildad.

No abrimos la Biblia para demostrar cuánto sabemos, sino porque reconocemos cuánto necesitamos escuchar a Dios. No estudiamos para dominar la Escritura, sino para que la Escritura gobierne nuestra vida.

Por eso, mientras más conocemos verdaderamente a Dios, menos espacio debería quedar para la arrogancia.

La teología cristiana puede resumirse entonces como una búsqueda profundamente espiritual: creemos en Dios, queremos conocer mejor al Dios en quien creemos, acudimos a la revelación que Él mismo nos ha dado, dependemos del Espíritu Santo para comprenderla y respondemos con fe y obediencia.

Ese camino no termina después de una clase, un curso o algunos años de estudio.

Es el camino de toda la vida cristiana.

Y quizá una buena pregunta para terminar sea esta:

¿Estoy buscando conocer la verdad de Dios solamente para saber más, o para pensar, amar y vivir cada vez más como Cristo?

Porque el objetivo final de la teología cristiana no es simplemente tener más información acerca de Cristo.

Es que, mediante su Palabra y por la obra de su Espíritu, nuestra manera de pensar sea progresivamente conformada a Él.

“Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” 1 Corintios 2:16
DirectorEscuela Bíblica Emaús

Para continuar

Recursos relacionados

Video: ¿Qué significa ser guiados por el Espíritu Santo? · Coalición por el Evangelio Lectura: La mente de Cristo · John Piper