Si todos podemos tener delante la misma Palabra de Dios, ¿por qué existen tantas denominaciones cristianas? La pregunta es válida y suele aparecer cuando una persona comienza a conocer la diversidad de iglesias, confesiones y tradiciones que existen dentro del cristianismo. A primera vista, tantas diferencias pueden dar la impresión de que la Biblia no es suficientemente clara o de que cada grupo posee su propia verdad. Pero el problema no está en que existan muchas Biblias ni en que la Escritura se contradiga. El problema está en que una misma Escritura es leída e interpretada por seres humanos con distintos trasfondos, tradiciones, métodos, grados de conocimiento y, en ocasiones, prejuicios.

La pregunta más precisa, entonces, no es si Dios ha revelado una sola verdad, sino por qué quienes reciben esa revelación no siempre la entienden de la misma manera. La respuesta exige reconocer tanto la claridad y autoridad de la Palabra como las limitaciones, la inmadurez y el pecado de sus lectores.

Una misma Escritura, lectores distintos

Las divisiones entre cristianos no comenzaron con las denominaciones modernas. Ya aparecen en el Nuevo Testamento. En Corinto, algunos creyentes estaban organizando sus lealtades alrededor de diferentes líderes y estilos.

“Yo ciertamente soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo”.1 Corintios 1:12, RVR1960

Pablo no celebra esa situación; la reprende. Al comentar este pasaje, John MacArthur observa que las divisiones de Corinto podían surgir por preferencias hacia determinadas personalidades, maestros o formas de comunicar, aunque Pablo, Apolos y Pedro no estuvieran predicando evangelios diferentes. El problema no siempre era una doctrina distinta, sino una lealtad mal orientada. Los ojos dejaban de estar puestos en Cristo y comenzaban a concentrarse en quienes servían a Cristo.

Algo parecido puede ocurrir hoy. Dos creyentes pueden leer el mismo pasaje desde tradiciones distintas, formular preguntas diferentes o dar mayor importancia a ciertos aspectos del texto. Uno puede haber sido formado en una iglesia bautista; otro, en una presbiteriana, metodista o pentecostal. Esos entornos no determinan automáticamente que su interpretación sea correcta o incorrecta, pero sí influyen en las preguntas que hacen, en los énfasis que reconocen y en las conclusiones que consideran naturales.

Tener una Biblia abierta no garantiza automáticamente una interpretación correcta. Podemos sacar textos de contexto, imponer nuestras tradiciones sobre el pasaje, desconocer su trasfondo histórico, confundir una descripción con un mandato o construir una doctrina completa sobre un versículo aislado. También podemos acercarnos a la Escritura no para escuchar lo que Dios ha dicho, sino para demostrar algo que ya decidimos creer.

No todo desacuerdo tiene el mismo peso

Una de las razones por las que la diversidad cristiana parece tan difícil de comprender es que solemos colocar todos los desacuerdos en el mismo nivel. Pero no toda diferencia doctrinal posee la misma gravedad.

Dos cristianos pueden afirmar juntos la Trinidad, la plena deidad y humanidad de Jesucristo, Su muerte expiatoria, Su resurrección corporal, la salvación por gracia mediante la fe y la autoridad de las Escrituras, y aun así discrepar sobre el bautismo infantil, la forma de gobierno de la iglesia, la continuidad de determinados dones espirituales o ciertos aspectos de la escatología. Son diferencias reales e importantes, pero no significan necesariamente que uno de ellos haya abandonado el evangelio.

Hay doctrinas esenciales que definen la fe cristiana.

Hay doctrinas importantes que ordenan la vida de una iglesia.

Y hay asuntos donde existe un legítimo margen de conciencia.

Esta distinción no pretende disminuir la importancia de la verdad. Al contrario, nos ayuda a defender cada doctrina con el peso que la propia Escritura le entrega. Donde la Biblia habla con claridad no podemos convertir su enseñanza en una simple preferencia personal. Pero donde creyentes fieles, sometidos a la Palabra, llegan a conclusiones diferentes sobre un asunto secundario, debemos aprender a mantener convicciones sin negar la fe de quien discrepa.

Las denominaciones tampoco aparecieron todas por el mismo motivo. Algunas surgieron alrededor de diferencias doctrinales; otras, debido a movimientos de reforma o avivamiento; otras, por razones geográficas, lingüísticas, culturales o administrativas. Y algunas, lamentablemente, nacieron de conflictos, personalismos y divisiones que nunca debieron ocurrir. Por eso la existencia de muchas organizaciones religiosas no significa que existan muchos evangelios igualmente legítimos.

Una denominación no es la Iglesia de Cristo

Aquí necesitamos hacer una distinción fundamental: una denominación no es lo mismo que la Iglesia de Cristo. Las denominaciones son formas históricas y humanas de organizar congregaciones que comparten determinadas convicciones. La Iglesia, en cambio, es el pueblo que Cristo compró con Su sangre, formado por todos los verdaderos creyentes.

“Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos”.Efesios 4:4–6, RVR1960

El Nuevo Testamento presenta un solo cuerpo de creyentes, no diferentes cuerpos espirituales definidos por denominación, geografía, etnia o condición social. Esto significa que un creyente bautista genuinamente convertido y un creyente presbiteriano genuinamente convertido no pertenecen finalmente a dos Iglesias de Cristo. Pertenecen al mismo cuerpo, aunque sus congregaciones se organicen de manera diferente y mantengan desacuerdos secundarios.

Nuestra identidad más profunda, por tanto, no proviene del nombre que aparece en el letrero de una congregación. Proviene de nuestra unión con Cristo. Las tradiciones pueden ayudarnos a expresar convicciones, ordenar la vida comunitaria y preservar énfasis valiosos; pero nunca deben ocupar el lugar que pertenece solamente al Señor.

Cuando la interpretación, la inmadurez y el pecado dividen

La parte incómoda de la respuesta es que algunas divisiones existen sencillamente porque los seres humanos podemos leer la Biblia incorrectamente. Pablo enseña que la Iglesia debe crecer hasta alcanzar “la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” para dejar de ser como “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:13–14). La falta de unidad puede estar relacionada con ignorancia doctrinal e inmadurez espiritual.

Pero existe otra causa todavía más profunda: el pecado. El orgullo, la ambición, el deseo de control, la lealtad excesiva hacia un líder y el espíritu faccioso pueden dividir una iglesia incluso cuando la cuestión que originó el conflicto era pequeña. Tito 3:10–11 advierte contra quien insiste en provocar divisiones, porque una persona puede usar incluso un tema religioso para alimentar su deseo de tener razón, controlar a otros o formar un grupo alrededor de sí misma.

Por eso no basta con preguntar quién posee el argumento más preciso. También debemos examinar la disposición con la que defendemos nuestras convicciones. Es posible decir algo verdadero de una manera orgullosa, agresiva o carente de amor. Cuando eso ocurre, la verdad que confesamos todavía no está formando completamente nuestro carácter.

La verdad y la unidad deben permanecer juntas

La Biblia mantiene dos responsabilidades simultáneamente: la verdad importa y la unidad importa. No debemos sacrificar la verdad para conseguir una paz artificial, pero tampoco podemos utilizar la doctrina como excusa para dividirnos innecesariamente.

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.Efesios 4:3, RVR1960

Unos versículos después, Pablo llama a los creyentes a seguir “la verdad en amor” (Efesios 4:15). No dice verdad o amor. Dice verdad en amor. La unidad cristiana no consiste en fingir que las diferencias no existen, sino en someternos juntos a Cristo, reconocer lo esencial, tratar con seriedad nuestros desacuerdos y amar a quienes pertenecen al mismo Señor.

Tampoco deberíamos concluir que, como existen muchas denominaciones, nadie sabe realmente qué enseña la Biblia. Los cristianos históricamente ortodoxos mantienen una unidad extraordinaria en las verdades fundamentales: quién es Dios, quién es Cristo, la realidad del pecado, la necesidad de salvación, la muerte y resurrección de Jesús, el llamado al arrepentimiento y la fe, la vida eterna y el regreso de Cristo.

La diversidad denominacional muestra, en parte, la complejidad de la interpretación humana; pero también pone en evidencia nuestra fragilidad, inmadurez y pecado. La división no es el ideal de Dios. El ideal es una Iglesia unida alrededor de Cristo y de la verdad. Todos los creyentes pertenecen al mismo Señor y, precisamente por eso, se pertenecen unos a otros.

La pregunta que debe seguir

La existencia de denominaciones no debería conducirnos al relativismo ni a escoger una iglesia solamente por costumbre, cercanía, estilo musical o simpatía hacia un líder. Debería llevarnos a una pregunta más profunda y necesaria:

¿Cómo puedo saber cuál iglesia está enseñando correctamente la Biblia?

Esa pregunta puede responderse bíblicamente. La Escritura entrega criterios concretos para distinguir entre una iglesia sana, una congregación que mantiene errores secundarios y un grupo que ha abandonado doctrinas esenciales del cristianismo. Pero antes de evaluar a otros, debemos acercarnos a esa pregunta con humildad, dispuestos no solamente a identificar el error ajeno, sino también a permitir que la Palabra de Dios examine nuestras propias tradiciones y convicciones.

La meta no es encontrar una denominación perfecta, porque mientras una iglesia esté formada por pecadores redimidos seguirá necesitando corrección, paciencia y gracia. La meta es pertenecer a una iglesia que se someta verdaderamente a la Escritura, anuncie fielmente el evangelio, reconozca a Cristo como Señor y procure guardar la unidad del Espíritu siguiendo la verdad en amor.

DirectorEscuela Bíblica Emaús

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