La iglesia no nació porque un grupo de hombres descubriera una buena manera de organizar personas alrededor de una causa religiosa. No surgió de un estudio sociológico, de una estrategia de crecimiento ni de la capacidad de ciertos líderes para reunir multitudes. Antes de que existiera una congregación cristiana, antes de Pentecostés y antes incluso de que los apóstoles comprendieran plenamente lo que Dios estaba haciendo, Cristo ya había declarado: “Edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18). Esta sola expresión establece el fundamento de toda verdadera comprensión de la iglesia: ella pertenece a Cristo, es edificada por Cristo y existe para la gloria de Cristo.

Cuando Jesús dice “mi iglesia”, elimina desde el principio cualquier pretensión humana de propiedad. La iglesia no pertenece al pastor, a los ancianos, a una denominación, a una familia fundadora ni a quienes contribuyen económicamente para sostenerla. Cristo compró a su pueblo con su propia sangre. Por eso Pablo recuerda a los ancianos de Éfeso que deben pastorear “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28). El precio pagado determina quién es el verdadero dueño. La iglesia pertenece al Hijo de Dios porque fue adquirida mediante su sacrificio.

Esto significa que una iglesia tampoco comienza simplemente cuando alguien arrienda un local, diseña un logotipo, obtiene una personalidad jurídica, abre redes sociales o reúne personas alrededor de una visión ministerial. Todas esas cosas pueden ser legítimas y útiles para una congregación, pero ninguna de ellas tiene el poder de crear una iglesia. En el libro de Hechos, la expansión del pueblo de Dios aparece bajo la dirección soberana del Espíritu Santo. Los apóstoles predican, enseñan, oran, toman decisiones y sirven; sin embargo, detrás de cada avance se encuentra la acción de Dios, quien gobierna el nacimiento y la expansión de su iglesia.

Por esta razón, Pentecostés no puede reducirse al lanzamiento exitoso de un nuevo movimiento religioso. Pedro predicó, los apóstoles dieron testimonio y los creyentes perseveraron en la doctrina, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones. Pero detrás de todo aquello estaba obrando soberanamente el Señor. Hechos 2:47 lo expresa de manera decisiva: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. Los hombres predicaban, pero Dios añadía. Los creyentes servían, pero Dios daba vida. La iglesia obedecía, mientras Cristo continuaba cumpliendo su promesa de edificarla.

Esta verdad debe transformar profundamente nuestra manera de comprender el ministerio. Una iglesia puede utilizar planificación, administración, tecnología, comunicación, presupuestos, programas y estrategias. Sería irresponsable despreciar herramientas legítimas que pueden ayudar a ordenar el trabajo y administrar correctamente los recursos que Dios ha entregado. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre utilizar una estrategia para servir a la iglesia y creer que la estrategia puede producirla. Las herramientas pueden ordenar lo que hacemos, pero solamente Dios puede conceder vida espiritual. Un programa puede reunir personas en una sala, pero no puede regenerarlas. Una campaña puede atraer visitantes, pero no puede convertir pecadores. Una excelente comunicación puede captar la atención, pero no puede abrir un corazón endurecido. Una metodología puede producir crecimiento numérico, pero únicamente Cristo puede producir verdadero crecimiento espiritual.

Las herramientas pueden servir a la Iglesia, pero solamente Cristo puede darle vida.

Pablo presenta esta misma verdad cuando describe a la iglesia como el cuerpo de Cristo. En Efesios, la congregación no aparece como una organización construida alrededor del talento humano, sino como un pueblo formado conforme al propósito eterno de Dios. Los creyentes han sido escogidos, llamados, redimidos, reconciliados y unidos a Cristo. También han sido colocados dentro de un cuerpo en el cual cada miembro cumple una función, mientras Cristo permanece como la cabeza y la fuente de toda vida espiritual. La unidad, los dones y la edificación de la iglesia no proceden de la capacidad humana para organizarse, sino de aquello que Dios ha concedido a su pueblo en Cristo.

Si Cristo es quien edifica la iglesia, entonces también es Cristo quien determina cómo debe vivir. La iglesia no posee libertad para reinventarse según las preferencias de cada generación ni para modificar su identidad con el propósito de acomodarse a las tendencias culturales. La Escritura regula su doctrina, su liderazgo, su adoración, su comunión, su disciplina y su misión. Pablo escribió a Timoteo para enseñarle cómo debía conducirse en “la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:15). No estamos frente a una organización cuya naturaleza pueda alterarse según las necesidades del mercado religioso; estamos frente a la casa de Dios.

Esta convicción debería producir una profunda humildad en quienes han sido llamados a liderar. El pastor no está construyendo “su iglesia”. Los ancianos no están desarrollando “su proyecto”. Los maestros no han sido llamados a formar seguidores alrededor de sí mismos. Cada ministro es solamente un siervo que trabaja dentro de una obra que pertenece a otro. Pablo confrontó esta mentalidad en Corinto cuando algunos creyentes decían: “Yo soy de Pablo”, otros: “Yo de Apolos”, y otros: “Yo de Cefas”. Su respuesta fue contundente: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Co. 3:6). Los ministros trabajan y sus labores son reales e importantes, pero Dios produce aquello que ningún ministro puede producir.

Cuando esta verdad se pierde, la iglesia comienza a depender cada vez más de la personalidad de sus líderes, de la eficacia de sus programas o de la novedad de sus métodos. Sin darse cuenta, puede comenzar a atribuir a los hombres aquello que solamente corresponde a Dios. Entonces el pastor se transforma en la figura central, la estrategia ocupa el lugar de la dependencia del Espíritu y el éxito visible se convierte en el criterio principal para medir la salud de la congregación. Pero una iglesia puede llenar un edificio y, al mismo tiempo, encontrarse espiritualmente enferma. Puede desarrollar una administración admirable y haber perdido la centralidad de la Palabra. Puede ser conocida por muchas personas y, sin embargo, estar alejándose silenciosamente de Cristo.

Esta es una de las tentaciones más peligrosas para la iglesia contemporánea: medir la fidelidad exclusivamente por los resultados visibles. Si nuestra convicción profunda es que el éxito depende de nuestra estrategia, inevitablemente comenzaremos a modificar el mensaje cuando los resultados no sean los esperados. Primero ajustaremos la metodología; después suavizaremos aquello que resulta incómodo; finalmente podremos terminar alterando el evangelio para conservar la atención de las personas. Sin embargo, la iglesia de Cristo no tiene autoridad para modificar aquello que Cristo le confió.

La pregunta fundamental, por tanto, no es solamente: “¿Está creciendo nuestra iglesia?”, sino: “¿Estamos siendo fieles al Cristo que edifica su iglesia?”. El crecimiento puede ser una bendición y debemos recibirlo con gratitud, pero nunca puede convertirse en nuestro señor. Nuestra responsabilidad consiste en predicar fielmente la Palabra, anunciar el evangelio, hacer discípulos, administrar correctamente las ordenanzas, cuidar a los creyentes, practicar la disciplina bíblica, formar líderes piadosos y depender del Espíritu Santo. Los resultados finales pertenecen a Dios.

Reconocer esto no significa que la iglesia deba abandonar la planificación, sino recordar quién ocupa el trono. No significa despreciar la organización, sino mantenerla sometida a la Palabra. Tampoco significa rechazar toda innovación, sino discernir cuidadosamente si aquello que adoptamos sirve a la misión que Cristo ya estableció o pretende reemplazarla. Las herramientas deben permanecer en su lugar: pueden servir al ministerio, pero nunca podrán darle vida.

La iglesia no es una idea que nosotros tuvimos acerca de Dios. Es una obra concebida por Dios desde la eternidad, llevada a cabo por Cristo mediante su muerte y resurrección, anunciada por medio de su Palabra y sostenida por el poder del Espíritu Santo. Nosotros no somos sus dueños, sino sus servidores; no definimos su identidad, sino que la recibimos de las Escrituras; no producimos su vida, sino que dependemos completamente de aquel que puede concederla.

Mientras los hombres levantan organizaciones que un día desaparecerán, Cristo continúa cumpliendo una promesa que ninguna oposición humana ni poder espiritual podrá detener:

“Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.Mateo 16:18, RVR1960
DirectorEscuela Bíblica Emaús

Para continuar

Recursos relacionados

Audio: Cristo: La cabeza sobre la iglesia · John MacArthur Lectura: 5 características distintivas de una iglesia fructífera · Jared C. Wilson