Una iglesia puede afirmar con absoluta sinceridad que ama la Biblia, puede leerla cada domingo, proyectar versículos durante la predicación, organizar estudios bíblicos y describirse públicamente como una iglesia cristiana y bíblica. Sin embargo, ninguna de esas cosas demuestra por sí misma que la Escritura sea realmente su autoridad. La pregunta más importante no es si una iglesia utiliza la Biblia, sino si está verdaderamente dispuesta a someterse a ella.
Jesús enfrentó un problema semejante durante Su ministerio. Hablando a personas profundamente religiosas, les dijo:
“Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres”.Marcos 7:8, RVR1960
Aquellas personas no habían abandonado la religión ni habían dejado de hablar de Dios. El problema era mucho más profundo: habían permitido que interpretaciones, costumbres y tradiciones acumuladas durante generaciones adquirieran tanta autoridad que finalmente podían dejar de obedecer un mandamiento de Dios con tal de conservar aquello que siempre habían practicado.
Ese peligro no pertenece solamente al pasado. Toda iglesia desarrolla con el tiempo una cultura propia: formas de enseñar, maneras de organizarse, expresiones particulares de adoración, costumbres ministeriales, interpretaciones doctrinales y tradiciones heredadas de generaciones anteriores. Muchas pueden ser buenas, sabias e incluso útiles. El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre lo que Dios ha dicho y lo que nosotros hemos acostumbrado hacer.
¿Qué sucede cuando la Escritura contradice algo que nuestra iglesia ha enseñado o practicado durante años?
Una iglesia fiel a la Biblia debe estar dispuesta a ser corregida por ella.
La verdadera prueba de fidelidad
Pablo afirma que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). La palabra corregir resulta especialmente importante cuando evaluamos nuestra fidelidad bíblica. La Escritura no fue entregada solamente para confirmar aquello que ya creemos; también fue dada para mostrarnos dónde estamos equivocados.
Esto significa que una iglesia bíblica no es necesariamente una iglesia que jamás se equivoca. Ninguna congregación posee una comprensión perfecta de todo lo revelado por Dios. Una iglesia verdaderamente bíblica es aquella que reconoce una autoridad superior a sí misma y está dispuesta a cambiar cuando descubre que su doctrina o su práctica no corresponde a la enseñanza de la Palabra.
Puede tratarse de una doctrina sostenida durante décadas, una estructura ministerial establecida por los fundadores, una costumbre congregacional profundamente arraigada o incluso una enseñanza defendida por líderes muy respetados. Nada de aquello posee autoridad absoluta.
La pregunta definitiva continúa siendo: ¿qué enseña la Escritura?
Cuando la respuesta final frente a una discusión doctrinal es “siempre lo hemos hecho así”, “así nos enseñaron”, “nuestra denominación cree esto”, “el pastor siempre ha dicho esto” o “esta es nuestra tradición”, debemos tener cuidado. Ninguna de esas afirmaciones demuestra que algo sea verdadero. Una práctica puede tener cien años de antigüedad y continuar estando equivocada. La repetición no convierte una interpretación en revelación divina.
La autoridad final pertenece a Dios y, por tanto, a la Palabra que Él ha revelado.
¿La predicación explica la Biblia o simplemente la utiliza?
Una de las maneras más claras de evaluar la fidelidad de una iglesia es observar qué ocurre con la Escritura cuando se predica.
Un sermón puede contener numerosos versículos y aun así no ser verdaderamente bíblico. Es posible comenzar leyendo un texto y después utilizarlo solamente como una puerta de entrada para desarrollar ideas personales, experiencias, consejos, opiniones o temas que el pasaje nunca tuvo intención de enseñar.
La predicación bíblica intenta descubrir qué quiso comunicar el autor inspirado dentro de su contexto y transmitir ese significado a la congregación. Esto requiere observar el argumento del pasaje, las palabras utilizadas, el contexto inmediato, el libro completo y su relación con el resto de la Escritura. El objetivo no consiste en preguntar primero: “¿Qué puedo decir acerca de este versículo?”, sino: “¿Qué está diciendo Dios mediante este texto?”
“Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura”.Nehemías 8:8, RVR1960
El predicador no está sobre la Escritura sino debajo de ella. No posee libertad para obligar al texto a decir lo que él desea. Su responsabilidad consiste en explicar fielmente aquello que ya está allí.
Por esta razón una congregación saludable aprende poco a poco no solamente a escuchar predicaciones, sino también a examinar las Escrituras. Hechos 17:11 describe a los bereanos diciendo que “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”.
La enseñanza de un pastor puede ser respetada, pero debe poder ser examinada. Una declaración doctrinal puede ser útil, pero debe poder ser examinada. Una tradición histórica puede contener enorme sabiduría, pero también debe permanecer bajo el examen de la Escritura.
La fe cristiana nunca nos llama a entregar nuestra conciencia a un hombre.
El evangelio también revela nuestra fidelidad
Existe además una prueba todavía más fundamental: ¿qué evangelio está siendo predicado?
Una iglesia puede desarrollar numerosos ministerios, programas familiares, actividades juveniles, proyectos sociales, conferencias, grupos pequeños y reuniones multitudinarias. Todas esas cosas pueden tener valor, pero ninguna de ellas constituye el corazón del cristianismo.
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.1 Corintios 15:3–4, RVR1960
Cristo y Su obra deben permanecer en el centro.
Esto significa que la iglesia debe enseñar claramente quién es Dios, quién es Cristo, qué es el pecado, por qué el ser humano necesita reconciliación, qué ocurrió realmente en la cruz, qué significa la resurrección y cómo recibe el pecador la salvación. Debe existir un llamado verdadero al arrepentimiento y a la fe, junto con una enseñanza clara de que la salvación es obra de la gracia de Dios y no una recompensa obtenida mediante nuestros méritos.
Cuando el mensaje comienza a desplazarse hacia la prosperidad, el éxito personal, la autoestima, el entretenimiento, la realización individual o cualquier otro centro diferente de Cristo, la iglesia puede continuar utilizando lenguaje cristiano mientras lentamente pierde el evangelio.
No toda diferencia doctrinal posee la misma gravedad. Una congregación puede estar equivocada acerca de un asunto secundario y continuar siendo una iglesia cristiana verdadera. Pero cuando se altera quién es Cristo, cómo somos salvos o cuál es el evangelio, ya no estamos hablando simplemente de una diferencia denominacional. Estamos tocando los fundamentos mismos de la fe.
Cuando la tradición comienza a convertirse en doctrina
Toda iglesia tiene tradiciones. El problema no es tenerlas. El horario de las reuniones, la forma de organizar el culto, determinados instrumentos musicales, la manera de vestir de quienes sirven, la disposición del edificio, la estructura de ciertas actividades o la frecuencia de determinados encuentros son decisiones que inevitablemente deben tomarse.
La dificultad aparece cuando una preferencia comienza a recibir el peso de un mandamiento divino.
“Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres”.Marcos 7:7, RVR1960
Podemos decir: “Como iglesia hemos decidido hacer esto”. Eso puede ser perfectamente legítimo. Muy diferente es afirmar: “Dios exige que todas las iglesias hagan esto”, cuando la Escritura nunca lo ha ordenado. En ese momento nuestra costumbre ha comenzado a ocupar el lugar de la Palabra.
Con frecuencia estas transformaciones ocurren lentamente. Una generación adopta una práctica por razones legítimas. La siguiente generación la conserva porque parece sabia. Otra generación la recibe porque “siempre se ha hecho así”. Finalmente aparece una generación que ya no conoce la razón original, pero considera cualquier cambio como una amenaza espiritual.
Así una tradición puede terminar adquiriendo una autoridad que Dios nunca le entregó.
Entonces, si no somos fieles a la Escritura, ¿a qué somos fieles?
Esta quizá sea la pregunta más incómoda de todas. Porque podemos ser profundamente fieles y, sin embargo, estar siendo fieles a la autoridad equivocada.
Podemos ser fieles a nuestra denominación. Podemos ser fieles a los fundadores de nuestra iglesia. Podemos ser fieles a nuestro pastor. Podemos ser fieles a nuestra historia familiar. Podemos ser fieles a nuestra experiencia espiritual. Podemos ser fieles a una determinada corriente teológica. Podemos ser fieles a la cultura evangélica en la que crecimos. Incluso podemos terminar siendo fieles a nuestra propia interpretación de la Biblia, negándonos a considerar seriamente la posibilidad de haber entendido mal algún pasaje.
Por eso no basta con abandonar una tradición para declarar inmediatamente: “Yo solamente sigo la Biblia”. También nosotros podemos equivocarnos.
La solución al tradicionalismo no es el individualismo. Necesitamos estudiar cuidadosamente las Escrituras, aprender del testimonio histórico de la iglesia, escuchar a maestros fieles, utilizar buenos comentarios, conocer las confesiones cristianas y conversar humildemente con otros creyentes. Todo aquello puede protegernos de nuestros propios errores.
Todas esas ayudas permanecen debajo de la Escritura.
Pueden ayudarnos a comprenderla.
Nunca pueden reemplazarla.
Una iglesia saludable no debería temer las preguntas bíblicas. Si alguien pregunta respetuosamente: “¿Dónde enseña la Biblia esto?”, la respuesta no debería interpretarse automáticamente como rebeldía. Puede convertirse en una excelente oportunidad para volver juntos al texto.
La iglesia no necesita protegerse de la Escritura. Necesita ser protegida por ella.
Una iglesia fiel no es una iglesia perfecta
También debemos cuidarnos del extremo contrario. Examinar nuestra iglesia no significa convertirnos en críticos profesionales de todo lo que ocurre dentro de ella.
Es muy fácil pasar de defender la autoridad bíblica a desarrollar un espíritu orgulloso donde nosotros mismos terminamos convirtiéndonos en la medida de la fidelidad de todos los demás.
Ninguna iglesia será perfecta en este lado de la eternidad. Habrá decisiones discutibles, errores de interpretación, diferencias legítimas, debilidades pastorales y áreas que necesitarán madurar. Por eso la pregunta no debería ser simplemente: “¿Mi iglesia tiene errores?”. La respuesta será inevitablemente sí.
¿Qué hace nuestra iglesia cuando la Palabra muestra que estamos equivocados?
Si existe humildad para escuchar, disposición para estudiar, voluntad para corregir y un deseo sincero de obedecer a Cristo, existe una base muy importante para crecer.
Pero si la tradición no puede cuestionarse, si el liderazgo no puede ser examinado, si ciertas doctrinas no pueden discutirse a la luz del texto o si las Escrituras terminan reinterpretándose constantemente para proteger lo que ya hemos decidido creer, entonces el problema es más profundo que una práctica particular. Hemos comenzado a cambiar de autoridad.
La iglesia pertenece a Cristo. No pertenece al pastor, a los fundadores, a una familia, a una denominación ni a una generación determinada. Cristo es su cabeza y gobierna a Su pueblo por medio de Su Palabra.
Por eso la pregunta que toda congregación debería estar dispuesta a hacerse una y otra vez no es: “¿Estamos siendo fieles a nuestra historia?”, sino:
¿Estamos siendo fieles a Cristo conforme a lo que Él ha revelado en Su Palabra?
Porque una iglesia verdaderamente bíblica no es aquella que simplemente posee una Biblia abierta sobre el púlpito.
Es aquella que está dispuesta a permanecer debajo de ella.

