Damos gracias a Dios por Chile, pero nuestra esperanza está en Cristo. Las Fiestas Patrias pueden celebrarse con alegría, siempre que nuestras costumbres, decisiones y afectos permanezcan bajo el señorío de Jesús.

Cada septiembre, Chile cambia de ritmo. Las familias se reúnen, aparecen las empanadas, los asados, las banderas, la música tradicional y distintas expresiones que recuerdan la historia y la cultura de nuestro país. Para muchos cristianos surge entonces una pregunta legítima: ¿cómo debemos participar de las Fiestas Patrias? ¿Es correcto celebrarlas? ¿Existe una manera verdaderamente cristiana de hacerlo?

La respuesta comienza mucho antes de preguntarnos por una fecha particular del calendario. El apóstol Pablo entrega un principio que abarca toda la vida del creyente:

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”.1 Corintios 10:31, RVR1960

La pregunta cristiana no consiste solamente en determinar si algo está permitido o prohibido. Debemos avanzar un paso más y preguntarnos: ¿puedo hacer esto para la gloria de Dios? ¿Mi manera de celebrar refleja gratitud, dominio propio, amor al prójimo y reconocimiento de que Jesucristo es Señor de toda mi vida?

Recibir con gratitud lo bueno de nuestra cultura

La Biblia no enseña que convertirse a Cristo significa abandonar toda expresión cultural del lugar donde vivimos. Comer una empanada, compartir un asado, participar de juegos tradicionales, escuchar música propia de nuestra historia, bailar una danza típica o colocar una bandera chilena no constituyen, por sí mismos, actos contrarios a la fe cristiana.

Dios nos ha ubicado providencialmente en determinados tiempos, familias, pueblos y naciones. Pablo recordó en Atenas que Dios “de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación” (Hch. 17:26).

Haber nacido o vivir en Chile forma parte de esa providencia. Podemos agradecer a Dios por nuestra familia, nuestra historia, nuestros paisajes, las libertades que todavía poseemos y todas aquellas expresiones culturales que no contradicen las Escrituras. La gratitud cristiana recibe los buenos dones sin olvidar al Dador.

Amar nuestra patria sin convertirla en nuestro dios

Existe una diferencia importante entre agradecer a Dios por nuestro país y depositar nuestra esperanza en él. La nación puede ser amada, servida y respetada, pero nunca puede ocupar el lugar que solamente corresponde a Dios.

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”.Filipenses 3:20, RVR1960

El cristiano puede decir con gratitud: “Amo el país donde Dios me permitió vivir”, mientras confiesa al mismo tiempo: “Mi esperanza definitiva no está en Chile; está en Jesucristo”. Nuestra identidad más profunda no se encuentra en la nacionalidad, la bandera, la historia política ni los símbolos patrios.

Esta convicción también nos protege de atribuir a nuestra nación un lugar especial dentro del propósito redentor de Dios que la Biblia nunca le concede. Chile no es el pueblo del pacto ni posee una categoría semejante a la que Israel tuvo dentro de la historia bíblica de la redención. La iglesia de Jesucristo reúne personas “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Ap. 5:9). La cruz no levanta una bandera nacional sobre las demás; reúne a los redimidos bajo el señorío de Cristo.

Podemos amar nuestra patria sin confundir patriotismo con cristianismo. Agradecemos por Chile, pero pertenecemos primero al reino de Cristo.

Celebrar bajo el señorío de Cristo

Las Fiestas Patrias también nos enfrentan a prácticas que el creyente no puede justificar simplemente porque formen parte de una costumbre cultural. La embriaguez, el desenfreno, la sensualidad, las peleas, la irresponsabilidad, la vulgaridad y los excesos no se vuelven aceptables porque ocurran durante una celebración nacional.

“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu”.Efesios 5:18, RVR1960

El contraste es profundo. El cristiano no debe buscar perder el dominio de sí mismo, sino vivir bajo la dirección del Espíritu de Dios. Una celebración cristiana no necesita ser silenciosa o triste; debe distinguirse porque su alegría está gobernada por la gratitud, la sobriedad, el dominio propio y el amor.

La libertad cristiana tampoco significa hacer simplemente todo aquello que deseamos. En 1 Corintios, Pablo enseña que nuestra libertad debe ser gobernada por principios superiores: la edificación del prójimo, el cuidado de la conciencia, el amor y, finalmente, la gloria de Dios. Por eso, frente a cada costumbre, podemos preguntarnos: ¿esto glorifica a Dios? ¿Edifica? ¿Puede convertirse en tropiezo? ¿Estoy ejerciendo dominio propio? ¿Podría dar gracias a Dios sinceramente mientras participo de ello?

Una oportunidad extraordinaria para la hospitalidad

Nuestra cultura valora la mesa. Las personas conversan mientras comen, visitan familiares, reciben amigos y comparten durante varias horas. Las Fiestas Patrias pueden convertirse así en una hermosa oportunidad para practicar una virtud profundamente cristiana: la hospitalidad.

Una familia cristiana puede abrir su casa, invitar a un vecino que se encuentra solo, compartir alimentos con alguien que atraviesa dificultades, recibir a familiares no creyentes, reconciliarse con una persona o detenerse a conversar con quienes normalmente apenas saluda. Tal vez una de las mejores maneras de mostrar a Cristo durante estas fechas no sea comenzar señalando aquello que los demás hacen mal, sino ofrecer una mesa donde exista generosidad, respeto, alegría sana, dominio propio y verdadero interés por las personas.

La hospitalidad cristiana transforma una comida cotidiana en una oportunidad para servir. Esto no significa convertir cada conversación en un sermón forzado. Significa vivir de tal manera que el evangelio pueda ser visto y, cuando Dios abra la oportunidad, también explicado.

Orar por Chile también es una manera de celebrar

Estas fechas pueden recordarnos otra responsabilidad bíblica: orar por nuestro país y por quienes ejercen autoridad. Pablo exhortó a Timoteo:

“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia”.1 Timoteo 2:1-2, RVR1960

Resulta significativo que Pablo no condicione esta oración a que los gobernantes sean cristianos, populares o políticamente cercanos. La iglesia debe orar. Podemos interceder por quienes gobiernan Chile, por el Congreso, los tribunales, las autoridades locales, las policías, las Fuerzas Armadas y quienes trabajan en salud, educación y otras responsabilidades públicas.

Debemos pedir que exista justicia, sabiduría, integridad y paz; que Dios restrinja la maldad; que permanezca la libertad para anunciar el evangelio; que las familias sean fortalecidas y que las iglesias continúen fieles a las Escrituras. Una de las expresiones más cristianas de amor por Chile es pedir que Dios tenga misericordia de nuestra nación.

Enseñar a nuestros hijos dónde está nuestra esperanza

Los niños pueden conocer la historia de Chile, aprender nuestros símbolos nacionales, reconocer tradiciones, disfrutar juegos típicos y comprender de dónde provienen muchas de nuestras costumbres. Los padres cristianos pueden aprovechar esas mismas experiencias para enseñar algo todavía mayor: damos gracias a Dios por Chile porque Él nos permitió vivir aquí; respetamos a nuestras autoridades, amamos a nuestros vecinos, cuidamos el lugar donde vivimos y servimos a nuestra sociedad.

Pero nuestro Salvador no es una nación. Nuestra esperanza no está en un gobierno y nuestra identidad definitiva no se encuentra en una bandera. Los gobiernos cambian, las sociedades cambian y las naciones finalmente pasan. Jesucristo permanece para siempre.

Dos extremos que debemos evitar

Frente a las celebraciones nacionales pueden aparecer dos respuestas equivocadas. La primera consiste en convertir el patriotismo en una especie de religión. Ocurre cuando los símbolos nacionales comienzan a mezclarse con la adoración, cuando se presenta a la nación como si gozara de un favor redentor particular de Dios o cuando determinadas posiciones políticas son tratadas como si fueran equivalentes al evangelio.

El segundo extremo es pensar que ser espirituales significa rechazar casi toda expresión cultural. Pero el evangelio no exige que dejemos de ser personas insertas en una historia, una familia y una cultura. Cristo no nos llama a despreciar todo aquello que pertenece a nuestra sociedad, sino a someter nuestra vida completa a su señorío.

El cristiano puede disfrutar aquello que es bueno, rechazar aquello que es pecaminoso y transformar aquello que puede utilizarse para servir y bendecir.

¿Cómo podría celebrarlo una iglesia?

Una iglesia puede aprovechar estas fechas para fortalecer la comunión y acercarse a su comunidad, siempre que mantenga clara la diferencia entre una celebración cultural y la adoración congregacional. Puede organizar una jornada familiar con comida chilena, juegos tradicionales, actividades para niños, conversación y música apropiada; también puede invitar a familiares, vecinos y amigos que normalmente no asistirían a una actividad de iglesia.

En algún momento puede realizarse una breve oración de gratitud por nuestro país, seguida de intercesión por las autoridades y por las necesidades espirituales de Chile. Y si se presenta el evangelio, no es necesario forzar una relación artificial entre la independencia de Chile y la obra de Cristo. El mensaje cristiano es suficientemente glorioso por sí mismo. Nuestra nación puede celebrar libertades civiles; el evangelio anuncia una libertad mucho más profunda: Cristo vino a libertarnos del pecado, murió por pecadores, resucitó y ofrece reconciliación con Dios a todos los que se arrepienten y creen en Él.

Celebrar recordando quién es nuestro Rey

La pregunta final no es simplemente si un cristiano puede celebrar las Fiestas Patrias, sino cómo las celebrará. Podemos comer y agradecer, reír y compartir, disfrutar nuestras tradiciones, enseñar historia a nuestros hijos, izar nuestra bandera, recibir amigos alrededor de la mesa y orar por Chile. Pero debemos hacerlo recordando que existe un Rey infinitamente mayor que cualquier gobernante terrenal y un reino que permanecerá cuando todas las naciones actuales hayan desaparecido.

Durante estas Fiestas Patrias, una buena confesión cristiana podría resumirse así: damos gracias a Dios por Chile, pero nuestra esperanza está en Cristo. Celebramos con gratitud aquello que Dios nos ha permitido recibir, servimos con amor al país donde Él nos ha colocado y oramos por su bienestar. Al mismo tiempo, levantamos nuestros ojos mucho más alto, esperando “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:10).

Celebramos con gratitud, vivimos con dominio propio y servimos con amor.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”.

Pasajes para profundizar

1 Corintios 8:1–13; 1 Corintios 10:23–33; Hechos 17:24–28; Romanos 13:1–7; Filipenses 3:20–21; Efesios 5:15–21; 1 Timoteo 2:1–6; 1 Pedro 2:11–17; Apocalipsis 5:9–10; Hebreos 11:8–16.

DirectorEscuela Bíblica Emaús

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