El evangelio es un mensaje que debe ser anunciado. Nos habla de un Dios santo, de nuestra condición de pecado y de Jesucristo, quien murió y resucitó para reconciliar con Dios a todos los que se arrepienten y creen en Él. Por eso la Iglesia nunca puede dejar de predicar el evangelio. Sin embargo, la Biblia también nos enseña que Dios quiso que los resultados de ese mensaje pudieran verse en un pueblo transformado por Su gracia.

Esta es una de las ideas principales que Mark Dever desarrolla en su libro La Iglesia: el evangelio hecho visible. La Iglesia no es un tema secundario ni una organización que existe solamente para realizar reuniones. Es el pueblo que Cristo está formando y uno de los lugares donde la verdad que anunciamos comienza a tomar una forma visible.

La predicación hace audible el evangelio. La vida de la Iglesia permite contemplar lo que ese evangelio produce.

La Iglesia surge del evangelio

Cuando pensamos en la Iglesia, podemos imaginar primero un edificio, una denominación o una reunión dominical. Pero la Iglesia comienza mucho antes que todo eso. Surge cuando Dios salva pecadores por medio de la obra de Cristo y los reúne como Su pueblo.

Jesús no vino simplemente a rescatar personas aisladas para que cada una viviera su fe por separado. Él vino a formar un pueblo que le perteneciera. Pablo recuerda que Cristo compró a la Iglesia con Su propia sangre:

“La iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”.Hechos 20:28, RVR1960

La cruz no solamente nos reconcilia individualmente con Dios; también nos reúne con otros creyentes que recibieron la misma gracia. Todos llegamos con historias, personalidades, edades y debilidades diferentes, pero somos salvados por el mismo Señor e incorporados al mismo cuerpo.

Por eso la vida cristiana posee una dimensión personal, pero nunca debe volverse individualista. Cada creyente necesita una iglesia local donde pueda escuchar la Palabra, adorar, servir, aprender a amar, recibir cuidado y también asumir responsabilidades hacia otros.

El evangelio crea un pueblo nuevo

El Nuevo Testamento utiliza distintas imágenes para describir a la Iglesia. La llama pueblo de Dios, familia, templo, rebaño y cuerpo de Cristo. Todas estas imágenes nos enseñan algo sencillo pero muy importante: en Cristo ya no vivimos solamente para nosotros mismos.

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios”.1 Pedro 2:9, RVR1960

El evangelio produce un “nosotros”. El orgulloso aprende humildad. El ofendido aprende a perdonar. El egoísta aprende a servir. Personas que posiblemente nunca se habrían relacionado comienzan a llamarse hermanos porque han sido reconciliadas con el mismo Padre por medio de Cristo.

Esto no significa que la Iglesia sea una comunidad perfecta. Seguimos siendo personas que luchan con el pecado y necesitan crecer. La diferencia está en que ahora no podemos tratar el pecado, el perdón y la reconciliación como si Cristo nunca hubiera muerto y resucitado. Cuando fallamos, somos llamados a confesar, perdonar, corregir y restaurar conforme a la Palabra.

Cuando lo invisible comienza a verse

El mundo no puede ver directamente nuestra justificación ni nuestra unión con Cristo. Tampoco puede observar físicamente la regeneración. Pero sí puede mirar lo que sucede cuando personas alcanzadas por la gracia comienzan a relacionarse como Jesús ordenó.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.Juan 13:35, RVR1960

El mundo puede ver amor donde antes había indiferencia. Puede ver perdón donde existía resentimiento. Puede ver servicio en lugar de egoísmo, generosidad en lugar de interés personal y unidad entre personas muy diferentes. Cuando estas cosas ocurren, la Iglesia ofrece una ilustración de lo que el evangelio está haciendo.

No son las buenas obras las que salvan, y nuestra vida comunitaria tampoco reemplaza la predicación. El evangelio continúa siendo la noticia de que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó. Pero la vida de la Iglesia puede confirmar que ese mensaje no es una teoría sin consecuencias.

La predicación anuncia reconciliación. La Iglesia practica reconciliación.

La predicación anuncia el perdón. La Iglesia aprende a perdonar.

La predicación anuncia un nuevo Señor. La Iglesia aprende a vivir bajo Su autoridad.

Una Iglesia sana clarifica el evangelio

Dever también nos ayuda a comprender que la forma en que organizamos y vivimos la iglesia local no está desconectada del evangelio. La predicación, la membresía, las ordenanzas, el liderazgo y la disciplina bíblica no son simples asuntos administrativos. Cada uno de ellos comunica algo acerca de Cristo y de quienes afirman pertenecerle.

La predicación responde a una pregunta fundamental: ¿qué voz gobierna a la Iglesia? Una iglesia sana reconoce que no pertenece al pastor, a una familia ni a una tradición, sino a Cristo. Por eso debe mantenerse bajo la autoridad de Su Palabra.

La membresía permite reconocer públicamente a quienes profesan seguir a Cristo y deciden caminar bajo el cuidado de una congregación. La disciplina bíblica toma en serio esa profesión y busca corregir con amor a quien vive de manera persistente en contradicción con ella. El bautismo y la Cena del Señor hacen visible la obra de Cristo y la identidad de Su pueblo.

Si una iglesia predica que el evangelio transforma, pero acepta deliberadamente el pecado sin arrepentimiento, su práctica termina contradiciendo su mensaje. Si anuncia reconciliación con Dios, pero vive dominada por rivalidades, resentimientos y luchas de poder, presenta una imagen confusa de aquello que proclama.

Una iglesia sana no es una iglesia sin problemas. Es una congregación que permite que la Palabra examine sus problemas y que está dispuesta a arrepentirse, corregir y volver a Cristo.

La Iglesia muestra quién es Dios

La Iglesia no existe para demostrar que los cristianos son mejores que los demás. Existe para mostrar la grandeza de Dios y el poder de Su gracia. Pablo escribe:

“Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia”.Efesios 3:10, RVR1960

Cuando enemigos se convierten en hermanos, Dios muestra Su poder reconciliador. Cuando pecadores aprenden santidad, Dios muestra Su santidad. Cuando culpables perdonan porque ellos mismos fueron perdonados, Dios muestra Su gracia. Cuando personas diferentes permanecen unidas porque pertenecen a Cristo, Dios muestra el poder de Su evangelio.

Eso debería llevarnos a mirar la iglesia local con mayor responsabilidad. No asistimos solamente a una reunión y tampoco somos consumidores de actividades religiosas. Formamos parte de un pueblo que Dios está levantando para dar a conocer quién es Él.

¿Qué está mostrando nuestra iglesia?

Esta enseñanza nos lleva a una pregunta necesaria: ¿qué entiende una persona acerca del evangelio cuando observa nuestra vida juntos?

¿Qué ve cuando tratamos al débil? ¿Qué sucede cuando alguien peca? ¿Cómo respondemos cuando existen desacuerdos? ¿Estamos dispuestos a perdonar? ¿Recibimos con amor a quien es diferente? ¿Buscamos nuestra comodidad o el bien de nuestros hermanos?

Las respuestas no siempre serán perfectas, porque nosotros tampoco lo somos. Sin embargo, una Iglesia formada por el evangelio vuelve una y otra vez a la gracia de Cristo. Confiesa sus pecados, busca reconciliación, cuida la verdad, restaura al arrepentido y aprende a amar con paciencia.

La Iglesia no es el evangelio. Cristo y Su obra son el centro del evangelio. Pero una Iglesia formada por ese mensaje se convierte, por la gracia de Dios, en el lugar donde sus efectos comienzan a hacerse visibles.

La Iglesia proclama el evangelio con sus labios.

Y está llamada a hacerlo visible con su vida.

DirectorEscuela Bíblica Emaús

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