Después de estudiar los atributos de Dios, la pregunta decisiva no es cuánto podemos recordar, sino cómo debemos responder. Dios no se ha revelado para alimentar el orgullo intelectual, sino para que le conozcamos con reverencia, confiemos en Él, obedezcamos su Palabra y orientemos toda la vida hacia su gloria.

La gloria de Dios manifiesta todo lo que Él es

La gloria de Dios no es una cualidad aislada añadida a las demás. Es la manifestación de la excelencia infinita de todo su ser. Dios es glorioso en su santidad perfecta, su justicia irreprochable, su sabiduría infinita, su poder absoluto, su verdad inmutable y su misericordia inmerecida. Por eso, atribuirle gloria no significa aumentar algo que le falte, sino reconocer la belleza y el valor supremo que siempre le pertenecen.

Cuando la Escritura declara que todas las cosas son de Él, por Él y para Él, corrige nuestra inclinación a colocar al ser humano en el centro. Dios no existe para acomodarse a nuestro proyecto personal. Nosotros existimos para Él. Esta verdad transforma la manera en que trabajamos, usamos el tiempo, sufrimos, servimos, tomamos decisiones y tratamos a los demás.

“Digno eres, Señor, de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas”. Apocalipsis 4:11

Conocer a Dios produce una respuesta completa

Es posible hablar de Dios, estudiar doctrinas y participar en actividades religiosas sin conocerle verdaderamente. Sin embargo, el conocimiento bíblico de Dios produce reverencia, fe, amor, obediencia y transformación. La teología sana no permanece en los apuntes: desciende al corazón y reordena la vida.

La adoración es parte central de esa respuesta, pero no puede reducirse al canto. Adorar es reconocer con toda la vida que Dios es digno. Incluye gratitud, verdad, humildad, entrega y el rechazo consciente de los ídolos del corazón. Cuanto más profundamente conocemos el carácter de Dios, más reverente, sincera y bíblica debe volverse nuestra adoración.

Obedecer y proclamar al Dios que conocemos

El conocimiento de Dios tampoco puede separarse de la obediencia. La obediencia no compra su favor, pero evidencia que su gracia nos ha alcanzado. Debe verse en la santidad personal, el uso de nuestras palabras y recursos, el trato al prójimo, el servicio y la perseverancia contra el pecado. Pretender conocer a Dios mientras abrazamos cómodamente la desobediencia es una contradicción espiritual.

Finalmente, el Dios verdadero no debe ser reducido a una experiencia privada. Cuando la iglesia contempla su grandeza, nace el deseo de proclamarle con seriedad y gozo. Una visión pequeña de Dios produce un mensaje pequeño; una visión bíblica de su gloria sostiene la misión, fortalece la perseverancia y coloca a Cristo y su evangelio en el centro.

La meta de esta enseñanza, entonces, no es solamente saber más acerca de Dios. Es vivir a la luz de quien Él es. El Dios santo, eterno, sabio, justo, misericordioso y amoroso es digno de nuestra confianza, nuestra obediencia y toda nuestra vida.

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